Perdida en el sur

Texto: Daniela González A. Fotos: Marcos Mendizabal

2022-01-03T08:00:00.0000000Z

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Diario Financiero

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Habitar

Construida en madera de lenga y con las técnicas tradicionales locales, esta estancia solitaria y recóndita en la Región de Aysén es despampanante, pero sencilla a la vez. La obra, en manos de Mirene Elton y Mauricio Léniz, tiene, sobre todo, pertenencia con su entorno. Un proyecto en las Torres del Paine que no resultó llevó a los arquitectos Hirene Elton y Hauricio Léniz a viajar varias veces a la Patagonia y también a estudiar con profundidad su paisaje y su clima. Por eso, cuando en 2016 se enfrentaron al desafío de proyectar una estancia a los pies del río Leones, un lugar casi extraviado en el corazón de la Región de Aysén, tenían un paso adelantado: sabían que el viento, inapelable y absoluto protagonista en invierno y verano, ha definido desde siempre las formas de construir en las tierras del fin del mundo. No han sido pocas las veces en que la oficina santiaguina Elton Léniz, con 28 años de aplaudida y premiada trayectoria, ha trabajado fuera de la capital. “Hemos construido en todas las regiones y cada vez que lo hemos hecho, estudiamos primero las técnicas locales. En este caso, la investigación se orientó al concepto más arquetípico de la estancia: un lugar de refugio que remite a un conjunto de unidades constructivas, habitacionales y de almacenaje”, cuenta Hirene Elton. El análisis de la dupla llegó a conclusiones que no necesariamente son evidentes desde el lejano Santiago: como que una estancia en la Patagonia no tiene terraza, sino que el único exterior es un gran fogón que siempre es -al mismo tiempo- un semiinterior. O que una estancia en Aysén hay que construirla con madera, con revestimientos de tabla contra tabla y con un listón encima, precisamente como método de protección del viento. También que los galpones son herméticos, volúmenes muy puros y netos, o que las ventanas de las casas poco se abren y que las estancias originales, de hecho, casi no las tenían. El encargo de esta estancia venía de un cliente que Elton y Léniz conocían de muchos años, un santiaguino absolutamente enamorado de la Patagonia. “Sabíamos que parte de su sueño era, en algún momento, tener algo allá. Así que, cuando encontró el terreno, fue muy emocionante que nos pidiera hacernos cargo del proyecto”, añade Mauricio Léniz. Para el cliente era central rescatar la memoria del lugar en términos constructivos, aludiendo a la estancia de antaño que reúne a la casa principal, a la de los inquilinos, un galpón de almacenaje, una caballeriza, corrales y un fogón, además de construirla con madera local, de la tradicional lenga. “Tampoco siendo tan romántico y copiar todo el diseño tradicional o antiguo que hoy estéticamente podría no tener tanto sentido. Pero sí rescatar el lenguaje vernacular y poder conectar con la memoria del lugar”, puntualiza Léniz. La construcción tomó casi 12 meses, y la dupla Elton Léniz visitó el lugar en cinco ocasiones para supervisar la obra que, en terreno, estaba siendo liderada por el arquitecto Francisco Croxatto, que vive hace más de 20 años en la región. “Teníamos videollamadas constantemente, lo que nos permitía estar al tanto y poder resolver todo lo que iba sucediendo. Mientras que en Santiago, dado que nuestro cliente estaba acá, nos juntábamos periódicamente con él para definir detalles. Todo funcionó muy bien”, cuenta Mirene Elton. En el terreno original había una pequeña casa y un par de corrales más bien precarios, además de antiguas y deterioradas construcciones de almacenaje que hubo que demoler. De ellas rescataron el zinc y lo reutilizaron para el techo rojo de la gran casona, que es un color característico de los techos de la zona. Y que tiene una razón de ser: las ferreterías ofrecen tres colores de pinturas antióxido: negro, verde o rojo. En la Patagonia siempre se ha elegido este último, porque así los techos rojos se convierten en un punto de referencia que se puede distinguir desde kilómetros en medio de tal inmensidad. “Para nosotros es una obra muy importante. Aprendimos de esa experiencia, porque fue un proyecto bien único, con un cliente muy compenetrado con la zona: él vive allá y en Santiago, va todos los meses y se ha dedicado activamente a la protección y conservación de la Patagonia tanto a nivel ecológico como social. Entonces, no se trata de una segunda vivienda, sino de una opción de vida”, añade Elton. El rescate de la tradición de una estancia patagona se impregna no solo en la construcción, sino también en la decoración, que ha estado íntegramente a cargo de la familia, y no de un interiorista o diseñador. Desde pieles de animales hasta pequeños troncos que sirven de mesas auxiliares en el living. Elementos de cuero, madera y cerámica, o fotografías en gran tamaño de ovejas ayseninas aportan calidez y coherencia: estando dentro también se puede estar afuera. Precisamente en esa recopilación de la memoria radica la belleza de esta estancia, que es monumental e impresionante, pero no pomposa. Una obra que, por sobre todo, pertenece al lugar, incluso siendo contemporánea.

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