Construir en el desierto

Texto: Valentina de Aguirre Fotos: Mauricio Duarte

2022-01-03T08:00:00.0000000Z

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Diario Financiero

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Habitar

Hace seis años, la pareja conformada por el geógrafo Manuel Prieto y la arqueóloga Ester Echenique decidieron irse a vivir a San Pedro de Atacama. Más que una decisión, fue una necesidad: Manuel tenía que estar ahí por trabajo y, como él mismo dice, “si yo me instalo en un lugar, me instalo”. Fue entonces cuando decidieron construir una casa, una especie de refugio sin grandes pretensiones. Empezaron a conversar con el arquitecto Guillermo Acuña, que estaba viajando constantemente a San Pedro, y así la idea fue tomando forma. “Él llegó con unas ideas fantásticas, que fuimos dialogando, coconstruyendo, siempre con la idea de habitar el desierto. Pero nunca tuvo mucha planificación y tampoco buscábamos construir la casa de nuestros sueños. Fue más bien un acto muy espontáneo, de muchas conversaciones (algunas largas, otras muy pragmáticas); fue un momento súper lindo, de harta creatividad”, recuerda Manuel José. El arquitecto agrega: “No nos propusimos hacer algo para la vida, era para solucionar un problema puntual. Y me parece que eso también se siente espacialmente, porque se ve esta honestidad transitoria de poder vivir lo que uno tiene que vivir en un momento determinado de la existencia”. Las conversaciones para pensar este espacio casi siempre tenían como escenario alguno de los restoranes de San Pedro, y fue en el menú de uno de ellos donde surgieron los primeros bocetos de la construcción, que aún conservan. “Los planos y la disposición tenían que ser simples”, cuenta Guillermo. Además, no tenían mucho presupuesto, ni trabajadores y tampoco acceso a materiales muy complejos. Por eso, la casa se planteó como un damero: son cuatro cuadrados dispuestos en forma de cruz que se pensaron como recintos plásticos, que pueden tener muchos usos. Además, había dos algarrobos en el terreno, que sirvieron para anclar esta casa al paisaje, y una orientación que buscaba aprovechar las vistas al volcán Licancabur y al cerro Quimal. Una de las gracias de esta casa, que se construyó con barro y bloques de adobe -hechos por dos familias de la zona, los Gutiérrez y los Reyes-, es que puede ser un laboratorio, una casa o cualquier otra cosa; no hay recintos definidos. Además de los cuatro recintos que están en las esquinas, hay un gran espacio al centro que es un lugar de encuentro, que puede servir para jugar, para trabajar o simplemente para sentarse a conversar. “Una de las cosas que me gusta de esta casa es que no hay espacios muertos: no hay pasillos, no hay lugares que no se habiten en la vida cotidiana, no hay lugares que solo sean de paso”, cuenta Manuel José. Para alguien que no conoce la zona, el agua podría parecer un tema secundario. Pero como dice el dueño de casa: “En San Pedro el agua manda. Moviliza la vida cotidiana, en el mediano plazo y en el futuro. Uno está siempre experimentando el agua, incluso cuando no está”. “Es un agua que comparo mucho con las mareas de Chiloé”, comenta Guillermo. “Porque es un agua que no está, que brilla por su ausencia, pero cuando entra, entra, como las mareas”. Y Manuel José continúa: “En ese sentido, haciendo una analogía entre dos lugares como Chiloé y San Pedro, hay varias cuestiones bien interesantes. En primer lugar, el concepto de isla. Chiloé es una isla en el océano y acá en San Pedro se generan estos oasis que son completamente analógicos a una isla: con ayllus al medio de una aridez extrema”. Estos ayllus se generan a partir de un trabajo constante para producir el espacio habitable a través del agua, que fluye y que inunda los terrenos, permitiendo que crezcan las plantaciones y se mantenga la humedad. En los días en que eso pasa (cada vez más espaciados) aparecen incluso gaviotas, ahí en el desierto más árido del mundo. Y así como en Chiloé muchas casas se construyen como palafitos, esta casa se construyó sobre un zócalo de piedra, que permite que el agua fluya. Con el agua como parte de su objeto de estudio, Manuel José terminó convirtiendo esta casa en un pequeño laboratorio. “El agua, el riego y la falta de agua son parte de mis propios fenómenos de estudio, entonces la vida cotidiana se convirtió también en mi trabajo. Llegué a instalar sensores en la casa, tenía como una estación meteorológica, que me permitía ver cómo tras el riego y la inundación, la temperatura bajaba, entre muchas otras cosas. Finalmente esa experiencia de vida se transformó también en una experiencia científica. Para mí la casa es una hiperconexión productiva con mi trabajo, que a mí me alegra mucho, porque me fascina”, cuenta. Localmente, la construcción es conocida como la casa de las cuatro puntas o la mesa invertida, gracias a su diseño que recuerda al gorro de cuatro puntas. También suelen preguntar a los dueños de casa si es un monasterio o un lugar de culto. O incluso les han dicho que parece una casa de La Guerra de las Galaxias o de Duna. Y aunque está lejos de ser esa la inspiración, los comentarios dejan ver una de las cualidades más notables de esta casa: su atemporalidad. “La identidad de esta casa es súper móvil, muy plástica. Puede estar en el presente, en el pasado o en el futuro; tiene muchas posibilidades”, dice Guillermo.

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