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ED Habitar - 2021-09-01

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Color

Habitar

Fotos Andrés Maturana Texto Valentina de Aguirre

Santiago, Chile Muebles comprados en remates, otros en ferias y anticuarios, obras de arte y, sobre todo, mucho color, son los elementos que convierten a este departamento de poco más de 100 metros cuadrados en un lugar único. Antes de llegar a este departamento, sus dueños vivían en uno de 40 metros cuadrados en el centro de Santiago. Después de ocho años ahí, decidieron que era tiempo de cambiarse a un lugar un poco más grande, y empezaron a buscar para comprar. Dicen que vieron más de 30 departamentos, pero nada cumplía con lo que ellos buscaban. Un día, encontraron un pequeño aviso en El Mercurio que decía: Departamento antiguo, piso parquet, Santiago Centro. Sin foto ni más información. Pero eran tres de los requisitos que buscaban. Llamaron rápidamente y lograron saber algo más: estaba en un pasaje y tenía vista norte. Más requisitos cumplidos. Agendaron una visita y partieron. “Fuimos un día muy temprano y fue muy impresionante, porque realmente nos pasó una cosa como: este es el lugar donde queremos vivir. Fue como de película. Mi marido me tomó del brazo y me dijo: ‘Tenemos que comprarlo ahora’. Sentimos que este era el departamento”, cuenta uno de sus dueños. Aunque el parquet estaba viejo y a todo le faltaba un poco de amor, estaban convencidos de que este departamento en un edificio de 4 pisos construido en 1952 era lo que estaban buscando. Apenas lo compraron, decidieron hacer algunos arreglos menores: lo pintaron, remodelaron el baño, arreglaron el parquet y cambiaron todo el sistema eléctrico. Y así, llegaron con los muebles que tenían en su pequeño departamento, a este, que tenía una superficie tres veces mayor. “¡Todo flotaba!”, recuerdan entre risas. De a poco empezaron a amoblarlo. Una de las primeras cosas que hicieron fue encargarle la biblioteca a Estudio Bravo. Los dos son grandes lectores y trabajan en el mundo de los libros, así es que la colección que tenían no era menor. Y el resto de los muebles fueron apareciendo de a poco. Uno de los dueños ama ir a remates. Dice que esa adrenalina que se siente al pelear un mueble con alguien, es inigualable. Así han ido llegando varias de las cosas que hoy dan vida a este departamento. “Tengo algunos muebles que se remataron del Hotel City, que era un hotel muy lindo en el centro de Santiago, art decó, donde Alberto Fuguet escribió Mala Onda. Fui al remate y me quedé con cosas increíbles: una mesa, unos veladores, una cama”, recuerda. También ha comprado algunas cosas en el Parque de los Reyes, en el Bío Bío y hasta en Instagram, que se ha convertido en un peligro durante la pandemia, como él mismo reconoce. Su cuenta favorita es @l ostandfound.cl, de Francisco Moro, el hijo del decorador Luis Fernando Moro. Ahí han aparecido verdaderos tesoros. El color llama la atención inmediatamente al entrar a este departamento. Hace tres años decidieron que querían un cambio −los muros del living estaban pintados verde esmeralda, inspirados en la casa de Stefano Pilati que vieron en una revista− y se pusieron a buscar ideas. Nuevamente en una revista, encontraron una silla de la decoradora francesa India Mahdavi que fue el punto de partida para este cambio de look. La silla tenía un tapiz rosado en el respaldo y en el asiento uno café oscuro. Entonces decidieron pintar todo el espacio público rosado, y para el pasillo usaron un color topo, que habían usado también en su departamento anterior. Las piezas las pintaron del mismo color, pero más claro, para lograr una onda más relajada. “Lo pintamos como los ingleses: los marcos, las puertas, todo, es como una caja de color, solo nos faltó el techo”, cuenta. “Lo lindo de los colores es que van cambiando con la luz, y eso me encanta, porque no es siempre la misma casa”. En estos años, también han ido armando una colección de arte que han comprado en ferias y en los talleres de los artistas. En el living hay dos cuadros de Natalia Babarovic, hechos a partir de unas ilustraciones de Darwin. “Ella hizo estas dos viejas, que las expuso en el MAVI, y cuando las vimos dijimos: ‘Tenemos que llevarlas’. Son unas viejas bien plomo, te miran con cara de asco todo el rato”, cuenta, demostrando que además de libros, color y arte, en esta casa hay mucho humor. También tienen un par de obras de Ignacio Gumucio, de Pablo Contreras, una de Carlos Cruz-Diez, un grabado de Roser Bru que encontraron en el Parque de los Reyes, de Claudio Romo y algunos collages de Alejandra Acosta. Y la última obsesión de uno de los dueños de casa es el artista Sebastián Espejo. “Es como mi nuevo pintor favorito”, cuenta, un artista naturalista que vive en Valparaíso y que pinta lo que tiene a su alrededor: cerros, mar, calles. “Le he comprado como cinco cuadros ya”, reconoce. Con los hallazgos de los remates, los arrebatos de Marie Kondo que surgieron durante la pandemia y las nuevas obras de arte que van llegando de a poco, esta casa está siempre evolucionando. De hecho, durante la pandemia tuvieron que adaptarse completamente a un nuevo estilo de vida. Antes, los dos trabajaban fuera de la casa y se encontraban solo en la tarde y los fines de semana. Pero en marzo de 2020, como tantas personas alrededor del mundo, se vieron enfrentados a una vida juntos 24 horas al día, los 7 días de la semana. “Tuvimos que habitar la casa de otra manera, uno tiene que adecuarse a otra forma de vida. A cocinar, a estructurar el horario laboral con el de las cosas de la casa. Fue un cambio radical”, cuenta uno de los dueños de casa. Lo primero que hicieron fue improvisar un escritorio en el comedor. Después, armaron una salita para ver tele en una de las piezas, compraron un sofá más grande para el living y hasta lograron armar un espacio para hacer ejercicio. “En los momentos más álgidos de la pandemia, la casa se transformó como en el gimnasio, porque corríamos los muebles y hacíamos yoga. También armamos un circuito de caminata: pasaba por el living, se daba la vuelta por las piezas, era como un trébol y lo hacíamos cada uno escuchando música o un podcast. Los vecinos deben haber pensado que estábamos completamente locos. Pero o cambiábamos o nos asfixiábamos”.

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