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ED Habitar - 2021-09-01

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BAMBÚ: UN NUEVO JARDÍN INFANTIL HECHO EN MADERA

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“Por las suertes de la vida, el arquitecto Gonzalo Mardones es muy cercano a mí. Está casado con la hermana de mi padre y Luimos vecinos por 26 años. Por eso, no dudé en recurrir a él para plantearle este proyecto personal”, cuenta Florencia Falcone, ingeniera comercial que dejó su carrera en el área de inversiones de un banco para tener más tiempo con su familia. Era 2017 y estaba en la búsqueda de un jardín infantil para su hijo mayor. Entonces, conoció la filosofía Reggio Emilia, y empezó a conectar profundamente con la idea de que los niños necesitaban un lugar pensado para ellos, donde pudiesen interactuar con su entorno, desarrollar sus habilidades blandas, que se les escuchara y que sus necesidades o intereses fueran los que guiaran el proceso educativo. “Todo esto me hizo tanto sentido, que comencé a pensar en hacer un jardín propio y se lo comenté a Gonzalo, quien me escuchó y absorbió muy atento lo que implicaba esta filosofía. En un jardín Reggio Emilia, el niño es un protagonista de su educación, acompañado por la educadora. Y el entorno es muy central, porque es un tercer educador. Por eso, para mí era fundamental la arquitectura”, comenta Florencia. Con eso en mente, el reconocido arquitecto −distinguido en bienales nacionales e internacionales y miembro honorario del AIA American Institute of Architects− propuso un edificio silencioso en sus formas y, como en todas sus obras, optó por solo un tono, es decir, que un material lo pudiera unificar todo; en este caso, la madera, cuyas tonalidades y bondades acústicas y lumínicas fueron un gran acierto. La idea era transmitir la sensación de bienestar y de cobijo. “Era un desafío muy profundo. La arquitectura debía recoger conceptos que tienen que ver con el despertar de los sentidos de los niños, estimulándolos a ahondar en sus intereses, además de que pudiesen desenvolverse en un ambiente de talleres distintos, con un grado de libertad para ellos elegir y optar”, apunta Gonzalo Mardones. De esta forma, el Jardín Infantil Bambú, situado en Las Condes, se compone de una serie de volúmenes -o salones- de formas muy precisas: un gran cilindro como volumen mayor, además de formas cúbicas y rectangulares, que se comunican a través de dos corredores paralelos, mientras que conviven con un sistema de patios interiores. La luz del sol entra por todos lados y en el patio central hay una escultura del Premio Nacional de Arte Federico Assler, que hizo especialmente para Florencia Falcone, que es su nieta. La pieza conecta a los niños con el hormigón. “En marzo de este año el jardín entró en funcionamiento y hemos visto la interacción de los niños con su entorno. Son salas tan conectadas con el exterior, que ellos pueden recibir y conectar con los estímulos: desde el pájaro que pasa, la luz que cambia con el pasar del día, los cambios en el clima”, cuenta Florencia Falcone, la directora, quien también notó algo que le sorprendió: los procesos de adaptación de los niños, en un jardín nuevo que jamás habían pisado, fueron muy exitosos. “Porque el entorno es también una contención para ellos. Es un lugar pensado en ellos desde sus inicios. Alguna vez alguien me dijo que era un gasto innecesario. Pero para mí es todo lo contrario: invertir en su primera infancia es tener adultos más felices y conscientes”, finaliza.

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