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ED Habitar - 2021-09-01

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Oficio Abel Cárcamo

Oficio

Fotos Abel Cárcamo Texto Daniela González A.

Después de tres años viviendo en París y varios episodios de ansiedad superados, el diseñador chileno dice que se liberó: soltó prejuicios e impedimentos para volcarse a explorar la materia. Ya no solo se trata de pensar y diseñar objetos. Hoy los hace con sus manos. Antes de elegir qué iba a estudiar, alguien le preguntó qué era lo que más le gustaba hacer. Entonces Abel Cárcamo pensó en ordenar la casa. Tal vez fueron todos esos fines de semana reacomodando los muebles del living, ordenando, sacudiendo y ayudándole a su mamá a ubicar los objetos de cerámica o adornos que ella compraba en la feria. O tal vez fueron esas tardes soleadas, sentado en el patio de su casa en Conchalí, al lado de la ligustrina, hojeando los cientos de revistas de decoración que compraba su padre, un peluquero hijo de mueblista, apasionado por remodelar y construir la casa con impecables terminaciones. “Supongo que esto viene de ahí, de ver a mis papás muy preocupados por la estética cotidiana. Como algo que se vive en el día a día familiar y que después se transforma en un hábito propio”, dice este diseñador chileno de 31 años, radicado hace tres en París. Fue en esa casa donde Abel hizo sus primeras piezas, mientras estudiaba Diseño de Muebles y Objetos en la Universidad de las Américas. Aspiraba a crear objetos que fueran excepcionalmente estéticos, pero útiles. No quería perder dinero en sus trabajos universitarios, ni tiempo tampoco. Por eso, en tercer año fundó Primitivo, el estudio de diseño que velozmente capturó la atención del circuito: Abel ideaba objetos minimalistas y encargaba parte de su confección a artesanos locales, hábiles en materialidades nobles. Iba a sus talleres, aprendía del proceso, se metía en las terminaciones. Y lograba llegar a piezas únicas, como sus aplaudidas lámparas de cerámica torneadas a mano, que fusionaban temporalidades: una mezcla fascinante de técnicas patrimoniales en diseños contemporáneos que −apenas egresado de la universidad, en 2013− ya despachaba a oficinas de arquitectura en Nueva York, Japón, Suecia o Singapur. Desde ese año y hasta 2018, Abel sumó más de 20 exposiciones de su obra en Chile, Latinoamérica y Europa, en galerías, muestras y bienales de diseño. También vendía sus piezas y luminarias a oficinas de arquitectura, restoranes y empresas extranjeras. “Siempre me interesó abrirme a nuevos mercados, ya que en Chile no es muy amplio y la industria del diseño no está desarrollada. Siempre quise viajar y aprender afuera, e hice varios cursos en el extranjero sobre técnicas como vidrio soplado o factura de muebles”, cuenta Cárcamo. Por eso, cuando se fue a París a vivir con su pareja francesa, pensó que también podría ser un buen lugar para aprender. Pero no fue fácil. UN MILLÓN POR MOLDE “Cuando llegas acá sin saber del idioma y de la cultura, estás 10 mil pasos atrás de todo el mundo. Estuve más de un año buscando qué hacer”, cuenta Abel. Sin contactos, sin trabajo, y explorando por donde podía moverse en París, retomó una antigua idea de trabajar con yeso. “En Chile había alcanzado a hacer un par de pruebas, pero no me convencían. Me gusta ese material y acá podía conseguirlo, porque es barato, está a la mano, es de fácil uso. Es flexible, pero también se solidifica en poco tiempo, sentía que me permitiría avanzar más rápidamente. Comencé a trabajar algunas figuras por mi cuenta para después encargarlas en cerámica”, cuenta. Entonces, le dieron el dato de un ceramista que también hacía moldes. Le llevó un jarrón de 40x40 cm, para cotizar. “Me cobraba 2 mil euros solo por el molde. Eso es más de un millón de pesos por algo que en Chile cuesta 200 mil. En Francia hay más recursos y muchas menos personas saben de este oficio, pero yo no podía pagar eso. Ese día me frustré muchísimo, porque significaba que no podría continuar avanzando”, recuerda. En medio de la ansiedad que, dice, suele acompañarlo, a Abel se le fue el habla. “Sentía que no tenía nada, no veía un futuro allá. A veces hablaba con gente y no me lograba comunicar, no sabía cómo hacer mi trabajo, cómo llamar, cómo ir. Todo me daba miedo”, cuenta. Lo único que pudo desviarlo de esa ansiedad profunda que tenía por el futuro fue ponerse a trabajar en yeso en la cocina de su pequeño departamento. Pagó el curso más barato que encontró y fue solo a las dos primeras clases para entender la técnica. Luego se encerró en su cocina. “Comenzaba a las 8 de la mañana haciendo yeso y terminaba a las 9 de la noche. Probaba sus límites, jugaba con distintos tipos de técnicas, de cortes y deformaciones. Dibujé como nunca, para después poder pasar esas figuras a piezas escultóricas. En 8 meses hice unas 30 figuras. Estaba experimentando la materia”, dice. Pero Abel Cárcamo, en realidad, estaba experimentándose a sí mismo: “Llegó un punto en que me di cuenta de que aquí en París iba a tener que liberarme, porque de eso se trata explorar: tenía que alejarme de cualquier prejuicio, de si lo que iba a hacer era lindo o feo; si era útil o no; si iba a ser un éxito o un fracaso; si le iba a gustar al otro o no. Con tantas preguntas, a veces nos limitamos en desarrollar realmente nuestra capacidad. Entendí que acá tenía la oportunidad de hacer lo que quisiera. Que acá podría empezar al revés. Que yo podría ser esa persona que fabricaba y que controlaba la mayor parte del proceso. Que yo podría ser el artesano”. No era algo simple. El diseñador había alcanzado prestigio en Chile, pero siempre con parámetros: “Con los clientes, con el mercado, con tener que hacer siempre un objeto que funcionara. No fue algo malo, porque me permitió aprender, vivir y entender realmente cómo funcionaban los ciclos de mi proceso creativo y me ayudó muchísimo aquí en Francia. Porque cuando encargas que fabriquen un objeto, piensas con mucha tensión cada detalle para no equivocarte y eso es un límite a veces. Y cuando estás lejos, cuando estás solo, ya no tienes por qué limitarte. Es ahí donde aparece el proceso creativo”, dice Abel. Esa libertad de Abel se tradujo precisamente en piezas libres, genuinas, donde la forma se inicia infinita y se asienta solo gracias a la materia. Objetos curvos, blancos, inespecíficos, esencialmente bellos, que provienen de la obsesión por la búsqueda incansable de la forma, pero también del placer que un artesano-diseñador encuentra en el dominio de la materialidad de la cual están hechos. Poco a poco, sus objetos de yeso −que exhibía en su cuenta de Instagram @abel_carcamo− comenzaron a llamar la atención. En 2019 lo contactaron para mostrar su trabajo en Paris Design Week, donde también exhibió una colección de sillas y mesas de yeso que hizo con su hermano arquitecto, David Cárcamo, cuando este lo fue a visitar. Luego vino el llamado de la galerista francesa Laurence Bonnel, quien le ofreció representarlo en su galería Scene Ouverte. Y después lo contactaron de la galería Studio 27, que tiene presencia en Nueva York y Londres. Ha expuesto en París, Madrid y Bruselas, y dice que hoy está contento. “Hago lo que mi corazón dicta. Cuando estoy diseñando no estoy pensando en parámetros, sino en algo que me da placer, para seguir indagando en el material, en el proceso, y llegar a cosas que nunca había probado antes. Hoy me siento libre”, añade.

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